Por Matteo Totime
En el sureste de Nigeria, en 1929, tuvo lugar un acontecimiento histórico: miles de mujeres se reunieron para desafiar la autoridad colonial británica. Sus voces se elevaron al unísono a través de canciones que ridiculizaban a los jefes de mandato y exigían justicia. Vendedoras de mercado, madres, hijas y tías recurrieron a estas canciones no solo para expresar sus quejas, sino también para movilizarse, organizarse y confrontar un sistema que buscaba silenciarlas. Este momento decisivo, conocido posteriormente como la Guerra de las Mujeres de 1929 (Women’s War), no solo evidenció la fuerza de la voz femenina, sino que también mostró el papel fundamental que la música desempeñó en esta lucha.
La música, desde los periodos previos a la esclavitud hasta la etapa poscolonial, ha sido una herramienta de corrección, crítica, resistencia y presión social orientada al cambio. A lo largo de África y su diáspora, géneros como agbadza y akpaluha, presentes en Ghana, Togo y la zona fronteriza de Badagry en Nigeria; adowa y fuji; la música griot o mandé, de Malí, Senegal, Guinea y Gambia; taarab, de Tanzania, Zanzíbar y Kenia; soukous, del Congo; y gnawa, de Marruecos, han permanecido como elementos vitales de la vida cultural. Estas tradiciones han sido preservadas, difundidas y continúan profundamente arraigadas en el continente. Al mismo tiempo, géneros como el reggae y la salsa han llevado la voz de la resistencia más allá de África. Canciones como “Buffalo Soldier” y “Redemption Song”, de Bob Marley, y “Plus rien ne m’étonne”, de Tiken Jah Fakoly, reiteran las penurias sufridas en el continente africano tras la Conferencia de Berlín y la posterior colonización, que consolidó la dominación extranjera durante décadas.
En este sentido, la música, como forma de arte, puede desempeñar un papel sutil pero poderoso como instrumento duradero de acción noviolenta, capaz de encender y sostener la esperanza en el corazón de los pueblos, junto con otras formas de resistencia.
Ese poder movilizador de la música se hizo visible en la Revuelta de las mujeres de Aba, el mismo levantamiento citado anteriormente como la Guerra de las Mujeres de 1929 (Women’s War). Las mujeres de mercado se organizaron para desafiar el sistema fiscal colonial británico, que pretendía gravarlas de manera separada de sus esposos, quienes ya pagaban impuestos. La revuelta tuvo lugar en el actual sureste de Nigeria e involucró aproximadamente a 10 000 mujeres de los grupos étnicos Igbo e Ibibio en las provincias de Owerri y Calabar. También participaron mujeres de las comunidades Andoni, Ogoni, Efik e Ijaw.
Este movimiento empleó canciones compuestas específicamente para criticar el sistema de jefes de mandato británicos, que utilizaba a ciertos hombres nativos como intermediarios entre el gobierno colonial y la población. Muchos de estos hombres eran considerados no aptos a los ojos del pueblo Igbo, tanto por hombres como por mujeres, especialmente porque estas últimas habían desempeñado un papel significativo en la administración de su sociedad antes de la invasión británica. Estas canciones no eran expresiones aleatorias: estaban cuidadosamente organizadas dentro de las movilizaciones, como parte de reuniones colectivas, marchas y protestas en las que las mujeres se reunían en gran número y las interpretaban al unísono. Eran actos coordinados que acompañaban el movimiento, la confrontación y la manifestación pública. Las canciones eran compuestas colectivamente por las propias mujeres, a menudo basadas en experiencias compartidas, proverbios y tradiciones orales, y se difundían mediante la repetición, la memoria y la participación comunitaria entre aldeas.
En ese contexto, los objetivos políticos eran claros: denunciar el sistema de jefes de mandato, rechazar los impuestos injustos, desafiar la autoridad colonial y exigir la restauración del equilibrio social y político alterado por el dominio británico. Más allá de su dimensión simbólica, estas canciones produjeron efectos concretos: movilizaron a miles de mujeres, fortalecieron la solidaridad entre comunidades, avergonzaron públicamente a los intermediarios coloniales, interrumpieron el control administrativo y contribuyeron directamente a la abolición del sistema de jefes de mandato y a la cancelación de las políticas fiscales impuestas.
Los cantos interpretados durante las manifestaciones expresaban de forma directa esa crítica al orden colonial y a sus intermediarios locales. Una de las canciones entonadas por las mujeres decía: “Ma O ghara ibu nwa beke mma anyi egbuole Okugo rie”. En igbo, se traduce como: “Si no fuera por el hombre blanco, habríamos matado al jefe Okugo y nos lo habríamos comido”. Estas expresiones formaban parte de una estrategia colectiva de presión social que, junto con otras acciones del movimiento, contribuyó a la abolición del sistema británico de jefes de mandato y a la cancelación de las políticas fiscales impuestas.
A partir de estos elementos, la música funcionó no solo como expresión cultural, sino como una estrategia deliberada de acción noviolenta integrada en la movilización colectiva. Durante la revuelta de Aba, las canciones eran compuestas e interpretadas de manera colaborativa en marchas y reuniones para denunciar públicamente a los jefes de mandato, movilizar la participación entre aldeas y comunicar las quejas políticas de forma accesible y memorable. Estas actuaciones perseguían objetivos claros: desafiar la autoridad colonial, interrumpir los sistemas de gobernanza impuestos y presionar por cambios en las políticas, contribuyendo finalmente a la abolición del sistema de jefes de mandato y de la tributación injusta.
En conjunto, estos elementos muestran que la música funcionó no solo como expresión cultural, sino como una estrategia deliberada de acción noviolenta integrada en la movilización colectiva. Durante la revuelta de Aba, las canciones eran compuestas e interpretadas de manera colaborativa en marchas y reuniones para denunciar públicamente a los jefes de mandato, movilizar la participación entre aldeas y comunicar las quejas políticas de forma accesible y memorable. De este modo, los cantos no solo acompañaban la protesta, sino que contribuían a deslegitimar a los intermediarios coloniales, fortalecer la solidaridad entre las comunidades y sostener la presión social sobre el sistema administrativo impuesto. Estas acciones ayudaron finalmente a provocar cambios concretos, entre ellos la abolición del sistema de jefes de mandato y de la tributación injusta.
En contextos contemporáneos, canciones como “Run Go” e “I Beg Make We Vote” cumplen funciones similares como herramientas de educación política y movilización cívica: moldean el discurso público, fomentan la participación electoral y exigen responsabilidades a las élites políticas. Sin embargo, a diferencia de los casos históricos, sus efectos suelen ser más limitados en términos de transformación estructural. Incluso cuando no producen cambios inmediatos de régimen, estas intervenciones musicales continúan influyendo en las relaciones de poder al sostener la conciencia política y el compromiso colectivo a lo largo del tiempo. En ese sentido, la música sigue operando como un medio para generar conciencia, incentivar la participación ciudadana y contribuir a la prevención de conflictos y violencia.
Esta continuidad puede observarse en ejemplos concretos. En Ghana, por ejemplo, el icono musical Rocky Dawuni lanzó la canción “Run Go”, que incluye la letra:
Dinos a dónde vamos a correr
Después de haber convertido nuestra tierra natal en un lugar amargo para vivir
Dinos a dónde vamos a correr
Cuando dicen que tenemos que pagar por el oxígeno que respiramos
Respóndeme ahora, señor poderoso.
El término “señor poderoso”, que aparece en la letra de la canción, se utiliza metafóricamente para referirse a los políticos que buscan el poder sin priorizar el bienestar de su pueblo. En ese sentido, “Run Go” funcionó como un recurso de sensibilización política durante las elecciones de Ghana de 2016, un periodo marcado por fuertes tensiones políticas.
La otra canción mencionada, “I Beg Make We Vote”, pertenece al músico camerunés Obase y exhorta a los ciudadanos a participar en el proceso democrático. Aunque canciones como esta aún no han logrado remover del poder al gobernante de larga data Paul Biya —quien dirige Camerún desde el 6 de noviembre de 1982—, han contribuido a reavivar la esperanza entre ciudadanos que han soportado décadas de dificultades.
Un referente fundamental de esta tradición de música con conciencia política es Fela Kuti. Su influencia fue reconocida recientemente cuando los Premios Grammy 2026 le otorgaron póstumamente el Premio a la Trayectoria, convirtiéndolo en el primer artista africano en recibir este reconocimiento. Además, su álbum de 1976 Zombie fue incorporado al Salón de la Fama de los Grammy en 2025, en reconocimiento a su impacto duradero en la música global y a su legado como voz crítica frente al poder.
Pero más allá de estos reconocimientos, las canciones de Fela Kuti fueron también poderosos actos de desafío frente al régimen militar profundamente arraigado en Nigeria. Su éxito de 1976, Zombie, constituye una crítica aguda al ejército nigeriano al utilizar la metáfora de un “zombi” para describir a soldados que siguen órdenes ciegamente, sin pensamiento ni conciencia.
La música, tanto históricamente como en la actualidad, ha demostrado ser mucho más que una forma de expresión cultural. Como muestran los casos aquí examinados, puede convertirse en una herramienta de acción noviolenta capaz de movilizar comunidades, cuestionar estructuras de poder y sostener la conciencia política en el tiempo. En ese sentido, cuando se emplea con habilidad —a través de palabras, consignas, metáforas y tradiciones orales—, la música continúa siendo un medio poderoso para cultivar el espíritu de justicia, libertad y paz.
Matteo Totime
Es estudiante de maestría en la Universidad de Massachusetts Boston. Trabaja como asistente de investigación, donde estudia la acción noviolenta en América Latina. También se interesa por el futuro de África y por amplificar las voces africanas.