Félix Ríos Álvarez
“Aquí mataron gente por sacar la bandera, por eso es que ahora yo la llevo donde quiera” – LA MuDANZA – Bad Bunny
Este artículo parte de la larga historia de resistencia por la soberanía simbólica de Puerto Rico: primero frente al imperio español y luego bajo su condición colonial como “Estado Libre Asociado” de Estados Unidos. También aborda la defensa de los migrantes latinos frente a la discriminación y al mito de un único American way, en una sociedad donde el color de piel o el acento siguen marcando diferencias.
En ese contexto, irrumpe el debate sobre cómo un exponente de un ritmo tildado de “estridente”, “inmoral” y “mal cantado” ha llegado al Super Bowl —en lo sucesivo, Súper Tazón—, uno de los escenarios más emblemáticos del espectáculo global. No solo ha roto récords de audiencia; también ha puesto en tensión una idea persistente: que para ocupar ciertos espacios es necesario adaptarse a un modelo cultural dominante.
La respuesta, anclada en una mirada histórica, ofrece pistas de resistencia noviolenta frente al colonialismo y de dignidad para la diáspora latina. Desde la Ley de la Mordaza de 1948 —cuando tener una bandera puertorriqueña en el armario podía llevar a la cárcel— hasta las protestas que derrocaron a Ricardo Rosselló en 2019, el arte puertorriqueño ha funcionado como un espacio de oposición frente a la asimilación forzosa. Tradiciones como la Bomba y la Plena operaron como lenguajes cifrados de revuelta y como “periódicos cantados” de resistencia cultural.
En Estados Unidos, los migrantes latinos han oscilado entre la utilidad económica y la exclusión social: desde el Programa Bracero (1942), que institucionalizó formas de explotación laboral bajo una fachada de necesidad económica, hasta las marchas del 1 de mayo de 2006, donde millones de personas se movilizaron contra la criminalización de la identidad migrante.
En ese recorrido, prácticas culturales como el muralismo chicano y la salsa en Nueva York funcionaron no solo como expresiones artísticas, sino como formas de afirmación frente a la precarización y la estigmatización. La salsa, fruto del sincretismo caribeño, desafió el melting pot con la presencia del español y con narrativas propias de la experiencia migrante. Hitos como el concierto de la Fania en el Yankee Stadium condensan ese proceso: la reapropiación del espacio público y la afirmación de una presencia latina hasta entonces invisibilizada.
Con la caída del Muro de Berlín, Puerto Rico dejó de ser una ficha estratégica para Estados Unidos y quedó a merced del abandono y la pobreza. En los noventa, mientras el desempleo crecía, el Estado respondió con “mano dura” y una vigilancia que puso la mira en los jóvenes de los caseríos.
Allí, entre redadas y estigmas, nació el underground —una mezcla de influencias caribeñas, afroboricuas y del hip hop—, un ritmo crudo que la policía perseguía. Sin radios ni tiendas que lo aceptaran, los artistas grababan casetes en sus casas y los movían de mano en mano. Cada cinta era un acto de rebeldía frente a un poder que intentó silenciar el beat de la calle con las redadas de 1995. No buscaban permiso; buscaban expresarse y ser escuchados.
La expansión del reguetón no se entiende sin figuras como Tego Calderón, Daddy Yankee, Don Omar o Ivy Queen, que lo llevaron más allá de los caseríos. Tego, en particular, marcó un giro al afirmar su identidad afropuertorriqueña y un orgullo boricua con sentido político. En paralelo, el perreo dejó de ser solo baile: al asumir una sexualidad sin culpa y recuperar gestos afrodescendientes, se convirtió en una forma de disputar el control sobre el cuerpo y el goce. Desde Puerto Rico, el género se expandió por América Latina, se fusionó con escenas locales y terminó por instalarse en el circuito global. En ese proceso, las mujeres ganaron visibilidad como sujetos con agencia sobre su deseo, al mismo tiempo, el género rompía su propio molde y mostraba una nueva cara del reguetón que dejó atrás la máscara del hombre siempre agresivo y dominante para abrirle paso a una sensibilidad masculina capaz de expresarse también como una forma de resistencia
De este proceso emerge una generación encabezada por Bad Bunny, que convierte el reguetón en una herramienta de contramemoria política para denunciar la gentrificación y el desplazamiento en Puerto Rico. A través de “El Apagón – Aquí Vive Gente” (2022), el formato documental se usa para cuestionar la Ley 22 y señalar que la isla no es solo un paraíso turístico, sino un territorio en disputa.
Con “Debí Tirar Más Fotos” (2025), Benito inserta el género en una narrativa de justicia social, soberanía estética y nacionalismo cultural disidente. El reconocimiento en los Grammy —como primera producción íntegramente en español en ganar Álbum del Año— refuerza ese gesto: no traduce ni adapta su cultura al mercado global bajo su declaración al momento de aceptar el premio Grammy al mejor álbum 2026 al recibir este premio: “…El odio se vuelve más poderoso con más odio. Lo único más poderoso que el odio es el amor…”.
Esta trayectoria enlaza ritmos de plantación, “periódicos cantados” y salsa conciencia con un presente donde el reguetón domina el streaming. La irrupción de Bad Bunny en el Súper Tazón no es solo espectáculo; es una acción noviolenta que se instala en el corazón del nacionalismo estadounidense.
Al presentarse en ese escenario, Benito ejerce una soberanía estética que descoloca el canon anglófono: no traduce sus letras, sino que obliga al mundo a traducirlo a él. El impacto fue tal que las búsquedas para aprender español en EE. UU. se dispararon un 178% tras su presentación, convirtiendo el evento en una forma de alfabetización cultural masiva.
Frente al pánico moral, hay una operación clara, cercana a un jiu jitsu político: el ataque se vuelve evidencia de su propia obsolescencia frente al goce colectivo. El mensaje no se enuncia, se encarna: estar ahí ya es una forma de decir que no hace falta dejar de ser quienes somos para ocupar esos espacios.
Todo este proceso invita a mirar el futuro como una campaña noviolenta de largo aliento. Para no quedarnos en la inspiración del momento, importa ver cómo estos gestos simbólicos se traducen en cambios concretos. El avance se juega en la capacidad de escalar audiencias globales sin negociar el acento ni los símbolos; en disputar una percepción que aún asocia lo latino con el “atraso”; y, sobre todo, en convertir ese orgullo cultural en presión política frente a leyes como la Ley 22 en Puerto Rico o las políticas antiinmigración del ICE en Estados Unidos.
Pensar en estos horizontes no es medir el arte con frialdad, sino asumir que cada irrupción en el escenario central abre una posibilidad que solo se consolida si se actúa en consecuencia. La apuesta es que más jóvenes dejen de aceptar el lugar de “enclave exótico” y traduzcan su identidad en organización y defensa de sus territorios. Es ahí donde el streaming y el espectáculo dejan de ser entretenimiento y pasan a ser una práctica cotidiana de resistencia capaz de reordenar quién mira, quién habla y quién manda.
Ahí se juega la interpelación: en lugar de consignas solemnes, aparecen el perreo, el humor y el orgullo local como formas de confrontar el colonialismo y el racismo. Más que un mensaje explícito, hay un desplazamiento: lo que antes era marginal se vuelve central y nos devuelve una pregunta difícil de eludir: ¿qué hacer con ese terreno simbólico que se está abriendo?
Al final, la soberanía no se proclama: se ejerce. En el Súper Tazón no hubo traducción ni adaptación; hubo una voz que se sostuvo en sus propios términos para demostrar que ocupar el centro no tiene por qué costar la esencia. Ahí reside la victoria política de Benito: en recordarnos que la resistencia empieza por la convicción de la propia voz. Como él mismo sentenció antes de bajar de uno de los escenarios más vigilados del mundo: “Si hoy estoy aquí es porque nunca dejé de creer en mí. Tú también deberías creer en ti. Vales más de lo que piensas”.
Félix Ríos Álvarez
Sociólogo y consultor venezolano experto en innovación estratégica y bienestar integral. Profesor universitario y emprendedor social, dedicado a conectar la creatividad con el liderazgo ciudadano, la sostenibilidad y la práctica de la noviolencia.