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  • Dic 09, 2022
  • 5 minutes
International Day for the Elimination of Violence against Women 2019- grafitti

Margarita Sánchez

¿Qué tal si revisitamos los conceptos de resistencia noviolenta y acciones noviolentas? Hago esta propuesta siendo yo misma parte de una larga tradición pacifista. Tengo la sospecha de que conceptos como la noviolencia y la paz han sido y son cooptados por estructuras de poder hegemónico. Son discursos que a veces parecen ser construidos para domesticar los esfuerzos de las resistencias antisistémicas. Cuando aludo a resistencias antisistémicas concretamente me refiero a procesos que buscan desmontar de una manera u otra a los sistemas capitalistas, racistas, patriarcales, heteronormados. Pareciera que para que una resistencia antisistémica sea reconocida como políticamente aceptable no debe tener trazos de violencia.

¿Me pregunto cómo calificaríamos las pintadas a los monumentos icónicos en México que ocurrieron durante varias demostraciones de reclamo al estado con motivo de la violencia feminicida o cómo llamaríamos el descabezamiento de estatuas de hombres con historial claramente racista y colonialista que ocurrieron como parte de manifestaciones globales para denunciar el racismo?  Escuché mucha gente, sobre todo desde estructuras de poder hegemónico, descalificar las marchas feministas por actos violentos contra símbolos nacionales o por enfrentar a las fuerzas de la policía. También he escuchado a personas que invalidan los reclamos de los movimientos antirracistas por las acciones de degollar las estatuas de hombres colonialistas y racistas que son perpetuados en la historia, no solo mediante monumentos, sino también en nombres de calles, avenidas, edificios, barrios, entre otros.

No es que estemos llamando al uso de la violencia por parte de los movimientos de resistencia antisistémicos, por el contrario, nos preguntamos, si el concepto de noviolencia es utilizado para descalificar las acciones de algunos grupos o movimientos. O, en todo caso, ¿qué entendemos por violencia en los contextos de opresiones sistémicas.? Desde mi punto de vista estas acciones de los movimientos antisistémicos, y que algunos califican de violentas, son expresiones de dolor y de rabia. Estos dos sentimientos nos llevan a no ser conformes, a buscar un cambio, a entender que lo que estamos presenciando no está bien, no es justo. Son sentimientos que dicen que no aceptamos las violencias sistémicas de este mundo.

Las violencias que atentan contra las vidas de las gentes y los seres que habitamos la Pachamama, la Gaia, esas que sistemáticamente matan, son generadas desde estructuras y sistemas de opresión, incluso cuando se trata de aparentes acciones individuales. La violencia extrema individual está sostenida en sistemas que, de una manera u otra manera, dan permiso y paso a esas acciones. Los estados, las grandes empresas —las legales y las no legales— se adjudican un poder de decisión sobre la vida y la muerte de las personas y los seres que habitamos esta Tierra. Ese permiso de decidir quién vive y quién muere es lo que el filósofo camerunés Achille Mbembe, ha llamado la nueva soberanía o la necropolítica. Y esa necropolítica se sostiene por las tecnologías de la opresión como el racismo o el patriarcado. Por ejemplo, la antropóloga Laura Rita Segato utiliza el concepto “dueñidad” para explicar por qué los feminicidios se dan con el apoyo de las estructuras sociales y políticas. Esa “dueñidad” sobre las cuerpas de las mujeres —las que son leídas y/o se definen como tal— promovida por las instituciones políticas y sociales, es lo que da permiso a asesinar mujeres. Entonces, la decapitación de estatuas, las pintadas de monumentos nacionales son expresiones de dolor y rabia ante las violencias sistémicas que son sólo posibles desde las estructuras de opresión.

Aquelles que son precarizades (Judith Butler), ninguneades (Eduardo Galeano) o les sujetos subalternes (Gayatri Chakravorty Spivak), siempre han resistido los sistemas de opresión con intensión política o sin ella, es decir, organizades o no, mediante acciones informales o formales. En ese sentido los movimientos de noviolencia, o mejor aún, los movimientos que resisten las violencias sistémicas son mucho más amplios que aquellos que “oficialmente” reconocemos.

En el 2018, el hemisferio americano fue testigo de un fenómeno inédito: cientos y hasta miles de personas que vivían en condiciones inaceptables de violencia y pobreza en sus países de origen se organizaron para llegar juntes a lo que desde su perspectiva era la tierra en donde fluye leche y miel (Estados Unidos). Casi todos venían de Guatemala, Honduras y El Salvador. El propósito de ir en caravanas era tener mayor protección ante los peligros de la jornada y defenderse por medio de la solidaridad entre vulnerables.

En el 2021, una nueva caravana se movilizó hacia el norte. Esta vez iban cientos de haitianos.   Llevaban tiempo esperando ser acogidos en países del sur, dos años de espera para recibir una visa, un reconocimiento de asilo. La gente echó a andar. Quedaron atrapados bajo el puente de Río Grande (frontera México y Estados Unidos). Estas caravanas de personas en búsqueda de seguridad son uno de los movimientos noviolentos, o de resistencias a las violencias sistémicas, más impactantes de nuestros tiempos. No creo que tengan la intención de denunciar a los gobiernos, sin embargo, sus acciones de búsqueda de nuevas posibilidades los convierten en una de las fuerzas que cuestionan constantemente los sistemas políticos de los gobiernos que administran las tierras de donde salen, y ponen en evidencia a los gobiernos que administran las tierras que los reciben o no. Las caravanas cuestionan las fronteras, cuestionan el concepto de seguridad que siempre es construido pensando en “el otro” con los privilegios otorgados por los sistemas racistas, coloniales, patriarcales, heteronormados. Cuestionan la manera en que los recursos son distribuidos y en última instancia nos ponen en evidencia a nosotres mismes, aquelles que estamos en una situación más cómoda o privilegiada. En el camino son miles los que mueren. La pregunta siempre será la que la filósofa judeoamericana Judith Butler nos plantea: ¿son esas vidas llorables o nos hemos acostumbrado a las pérdidas inevitables?

Las resistencias noviolentas de la que hemos sido testigues en los últimos tiempos han sido en muchos casos esfuerzos muy pequeños, pero que están logrando cambios significativos en la manera que entendemos nuestras sociedades. Tienen liderazgos múltiples y horizontales. Se han articulado de diversas maneras formales e informales con intención o sin ella, y sirven para enfrentar los poderes hegemónicos. Esto nos debe llenar de esperanza frente a la fuerte ola de fundamentalismos religiosos y políticos que son las voces autorizadas por las estructuras de las opresiones sistémicas para bloquear los avances en la búsqueda de vida plena y abundante para todes les habitantes de la Tierra.

Margarita Sánchez de León

Teóloga queer, originaria de Puerto Rico. Profesora de la Comunidad Teológica de México, pastora ordenada de la Iglesia Metropolitana. Fue directora ejecutiva de Amnistía Internacional, sección de Puerto Rico, y tiene una amplia experiencia trabajando y tomando medidas en favor de los derechos humanos y los derechos LGBT a través de organizaciones de base y movimientos sociales.

Publicado: 09 de diciembre del 2022

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