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  • Nov 21, 2022
  • 8 minutes

Sofía Chipana Quispe*

El tiempo en que tejo estas palabras nos vincula con la fuerza de las y los que vivieron su tiempo de transformación —el día de los muertos, que para el quechua es el Aya Marqay Killa, es decir, el tiempo de la luna de los que partieron. Pero, según las abuelas y abuelos, ellas y ellos llegan para visitar a sus seres queridos. Se trata de presencias que vienen con las lluvias para regar las semillas depositadas en el vientre de la Madre Tierra, al igual que sus cuerpos que buscan renacer a los otros modos de vida.

Desde las ofrendas de comidas y bebidas que preparamos para recibirlas y recibirlos, comparto con el permiso de las ancestras y ancestros, la memoria del movimiento del Taki Onkuy que permitió a algunos pueblos resistir a la invasión colonial y al enajenamiento de las cosmovivencias. Con seguridad hubo otras experiencias que sostuvieron la vida de los diversos pueblos que habitaron la gran Abya Yala, la tierra de sangre vital, de pleno florecimiento, como se nombra a la territorialidad de América Latina, que aún sostiene la vida de los pueblos que no sólo resistieron o resisten al genocidio sistemático de los sistemas coloniales capitalistas y patriarcales. Una resistencia desde la que se tejen los otros modos de vida, que denominamos como espiritualidad.

Desde la fuerza del tiempo que habitamos evoco la presencia y las palabras de Bertha Cáceres en sus conversaciones con los ríos Gualcarque y Blanco (en Honduras), con las que hizo frente al proyecto hidroeléctrico de Aqua Zarca. De ahí extraigo ese sentir compartido para dar título al tejido (texto) que presento: “yo sabía lo duro que iba a ser, pero sabía que íbamos a triunfar, me lo dijo el río”.

El vínculo con los territorios-cuerpos y los pueblos ancestrales tienen la fuerza de las memorias que acompañan sus resistencias ante las realidades de opresión, represión y exterminio de sus cuerpos denominados “indios” y, junto a ellos, sus territorios.

En la travesía de las resistencias, nos aproximamos a la comunidad de Taki Onkuy que se ubica en los años de 1560-1572, casi en los primeros tiempos de la invasión colonial, en las regiones del centro (Ayacucho) y sur (Arequipa) de Perú —aunque algunos estudios también la sitúan en las regiones quechuas de lo que es Sucre, en Bolivia—. Se trata de un movimiento nombrado por los inquisidores como la enfermedad del canto porque habían asumido el canto y la danza para entrar en comunión con los lugares sagrados destruidos, denominado como w’acas, donde ubicaban a las fuerzas vitales que adquirían vida en sus cuerpos.

Esta resistencia se sostenía en la espiritualidad que encaminaría la renovación y reconstrucción de las espiritualidades ancestrales, para superar el predominio de las estructuras religiosas y sociales de los invasores y de las élites incas que se habían extendido por los territorios andinos. Por ello, se la cataloga como un movimiento socioreligioso que buscaba la unificación andina desde los lazos comunes que procedían de las espiritualidades ancestrales vinculadas a las montañas, lagunas, lagos, mares, bosques y paqarinas —lugares donde habita la fuerza y memoria de los ancestros y ancestras—, que remitían a los orígenes de la vida. Origen que en aymara se denomina como Taypi, el tiempo en que el cosmos se fue armonizando y equilibrando, y la vida de los diversos seres empezó a germinar.

La resistencia de Taki Onkuy procedía del vínculo con el corazón de la Gran Red o Comunidad de la Vida, por lo que desde el canto y el baile buscaban sanar los territorios heridos a causa del desequilibrio que producía la presencia profanadora e inquisidora de los invasores. Mientras algunos resistían por medio de la lucha cuerpo a cuerpo contra los invasores, el movimiento del Taki Onkuy, a partir de la conexión con las fuerzas cósmicas y telúricas, buscaba interpretar los mensajes que traían los movimientos de Amaru, la serpiente ancestral que habita en las profundidades de los volcanes, las altas cordilleras, y dejaba sentir su fuerza telúrica por medio de sismos y terremotos que posibilitaría un nuevo orden.

La conexión con Amaru, una de las fuerzas vitales del cosmos, supuso la búsqueda de una recreación de la vida e hizo que otros modos de vida de muchos pueblos en Abya Yala pervivieran. Por otra parte, cabe señalar que Amaru era la fuerza evocada por medio del nombramiento, como se hizo con el último gobernador Inca, Tupac Amaru I, cuya sublevación supuso su decapitación en el año de 1572. Este hecho se relacionó al relato del Inkarri (Inca Rey) cuya cabeza decapitada busca unirse a su cuerpo. Es una fuerza que sostiene los diversos levantamientos, como lo fueron las significativas organizaciones promovidas por Tupac Amaru II (1780) y Tupac Katari (serpiente, en aymara) en 1781.

La breve reseña que presentamos nos permite ver el anhelo profundo de la reconstitución de los territorios y cuerpos en relación a las fuerzas vitales que fluyen, y mantienen la vida de los pueblos. Esto supone la conexión con la memoria milenaria de la que son parte y buscan su dignificación para cuestionar el orden establecido a partir del sistema colonial que se legitima en las estructuras sociales y religiosas.

Es significativo que, pese a la imposición de dichas estructuras, las propias interpretaciones mantienen sus resistencias, como se puede vislumbrar en el movimiento del Taki Onkuy en la que sus líderes asumen los nombres cristianos bíblicos relacionados a la Cruz de Cristo: Juan Chocne (o Chocna), Santa María y Santa María Magdalena. Posiblemente, con mucha intención, para reflejar su realidad en ese cuerpo del crucificado, o de ver la fragilidad del Dios cristiano vencido en la Cruz.

Si bien, la memoria de Taki Onkuy nos llega como parte de la memoria ingrata, nos permite ver el vínculo del territorio-cuerpo que mantenían los pueblos andinos. Aunque no contamos con muchos registros respecto a las resistencias noviolentas y las que nos llegan están mediadas por la mirada de los cronistas. Sin embargo, se perciben en el sentir que acompaña a las resistencias en los diversos territorios, que busca de manera permanente sanar los territorios, cuerpos y tierras. Es un proceso nada fácil por la criminalización de la defensa de todas las formas de vida que asumen los diversos pueblos.

Pues se trata de cosmovivencias que resisten desde la trama de sus espiritualidades relacionales, como lo compartía Bertha Cáceres en sus palabras replicadas, que habían “aprendido a luchar con música, con ceremonias, con espiritualidad”, a fin de restablecer las relaciones de correspondencias recíprocas que procuran el equilibrio y armonía como una fuerza sanadora que recrea la vida, ante las opresiones del patriarcado, capitalismo, racismo, sexismo.

Y como plantea Lorena Cabnal, desde el feminismo comunitario, se trata de la sanación como camino cósmico político, en las dinámicas y relaciones cotidianas, donde resistir es también recrear la vida —muchas veces no consideradas como luchas y resistencias por las formas hegemónicas de comprenderlas—. Pues, los pueblos, desde sus principios vitales buscan hacer frente a las imposiciones para mantener y mejorar sus condiciones de vida. Es el caso del proceso de selección, cuidado y siembra de las semillas, que por lo general son asumidos por las mujeres como una política en la que se decide resguardar la soberanía alimentaria y el cuidado de las semillas ancestrales, frente a las políticas extractivistas de las semillas transgénicas y el monocultivo.

Implica procesos que buscan asumirse de manera holística, como sucede en la demanda de las mujeres indígenas que no se limitan sólo a plantear sus derechos, sino a la dignificación o sanación de la vida. Mientras el poder patriarcal colonial no lo reconoce con fuerza y poder, no son tomadas como luchas. Del mismo modo acontece con las historias narradas, donde el poder bélico se impone y no tanto las resistencias que lograron resquebrajar ciertos sistemas de dominio.

Quiero concluir con la memoria sanadora de otras cinco mujeres, lideradas por Domitila Chungara en el comité de amas de casa de la organización minera del siglo XX en Bolivia —que poco se reconoce en las luchas de los sindicatos y las mismas colectivas feministas, y menos por la historia oficial—.

Ellas, en 1978, iniciaron en La Paz, sede de gobierno de Bolivia, una huelga de hambre para hacer frente a la dictadura militar de Hugo Banzer, proyecto político que recorría por diversos territorios como parte del Plan Cóndor que se aplicó en diversos países por la Escuela de las Américas, operada por el ejército de los Estados Unidos.

Domitila, sus compañeras y sus pequeñas hijas e hijos, emprendieron la huelga de hambre a la que se sumaron miles, logrando derribar la dictadura. Aunque el régimen militar se articuló nuevamente persiguiendo con mayor violencia, hasta el año de 1982.

Domitila dejó una gran lección, la de pedir la palabra y vencer al principal enemigo: el miedo. Lo que la llevó a enfrentar el poder sanguinario de la dictadura militar, como parte de las extensiones coloniales que quitaron y silenciaron la vida de miles, a la que hay que sumar los millones de vidas y pueblos ancestrales que se extinguieron por el poder genocida que buscó sistemáticamente silenciar los otros modos de vida que suponían una amenaza para sus intereses.

En este tiempo profundo de memorias y presencias (Aya Marqay Killa), nos quedamos en torno a las mesas compartidas que reciben la llegada de las y los que ahora viven las otras formas de vida, y nos vinculamos a sus memorias transgresoras, que despiertan la reciprocidad de la sanación, de los territorios-tierra y los cuerpos-tierra-agua.

El tejido de la vida: refleja un tejido vivo, extendido y entramado en todas sus dimensiones y profundidades, donde todo tiene su lugar y su tiempo, interrelacionado en el movimiento armónico de las fuerzas que hacen a la Vida, sus ciclos y retornos. Nos recuerda a todos los seres en comunidad, nuestra capacidad de crear y transformar realidades posibles. Somos las manos que tejen en esta extensión del corazón. La foto es un arte-tejido de Erlini Chove Tola Medina


*Sofía Chipana Quispe

Es aymara del Estado Plurinacional de Bolivia. Miembro de la Comunidad de Sabias y Teólogas Indígenas de Abya Yala, y camina junto a la Comunidad de Teología Andina de Perú, Bolivia y Argentina.

Publicado: 21 de noviembre del 2022

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